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DE AÑORANZAS Y RECORDACIONES
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COVADONGA
1954 - 2004
En la tarde azulada de los días
los nombres siempre evocan un
pasado;
su recuerdo es un vuelo de palomas
o un silencio
de lunas y de ocasos.
Don Francisco
Javier... y renombrado
Lauzurica
y Torralba. La distancia
no
hizo mella en la aurora. En el remanso
de
la paz rumorosa de estos valles
sus
cenizas recoge el mes de mayo.
Once años
estuvo entre nosotros,
otros cuatro
en Madrid se fue apagando
en ausencias y
olvidos. Su recuerdo
queremos hoy
al menos, recobrarlo.
Era un once de
abril y primavera,
un domingo de
aquel sesenta y cuatro.
Han pasado no
sé ya cuantas lunas
desde el día
en que al mar se hizo su barco
con rumbo al
Gran Perdón.
Cuarenta inviernos...
un número que
es bíblico y sagrado.
¡Quién fuera
abril y regalar sus lluvias
y sembrar
nomeolvides por los campos...!
Hoy queremos
traer a la memoria
su ayer, entre
comillas y alegatos
de un silencio
imposible, que hoy se ha roto,
justicia y
gratitud es su portazgo.
Sus primeras
palabras aún resuenan
diáfanas
después de tantos años:
“Quiero
curas que sean cultos, finos
y ante todo
los quiero a todos... santos”.
A tal fin mandó
abrir, balcón al cielo,
las casas de
ejercicios ignacianos,
una aquí en
Covadonga. Fue
imponiendo,
en su afán
por el culto, el gregoriano
y el canto
polifónico. La música
llenaba a
todas horas aulas, claustros...,
y trajo gente
bien a este recinto
iniciando los
cursos de verano.
Aquí oímos
un día al Padre Nieto
con su voz de
profeta aleccionarnos:
“De todos
los presentes nadie sabe
-sólo Dios-
quien ha sido o es el más
santo,
mas yo os
digo, y creedme.., será aquel
que a más
alta humildad haya llegado...”.
Eran frases de
un místico que herían
nuestras jóvenes
mentes como dardos.
En aquellos
veranos aprendimos
hasta a
impostar la voz... Nos enteramos
por todo un
José Artero, que en mil temas
estaba por lo
visto muy versado,
de problemas
candentes en la Iglesia
y de algunos
traspiés del Vaticano.
Criticaba por
tal los nombramientos
por la
gracia... del Jefe del Estado
y mostrando
recortes de periódicos
iba haciendo
al socaire comentarios.
Descubrimos un
día en don Antonio
de Lama un
universo insospechado,
con su voz
impecable, clara y honda
-temblaban las
palabras en sus labios-
nos hablaba de
Cremer, de Bousoño,
de
Celaya, de
Alberti, de Machado...
Al par un
profesor nos informaba
del estilo, de
empleos del vocablo,
de las normas
que rigen nuestra Lengua.
Venía de
Palencia. Era don Dacio.
¡Quién le
iba a decir que de sus clases
un alumno
saldría de tal rango
que hoy está
dirigiendo la Academia...!
Ninguno de los
dos lo imaginaron.
Han volado los
días desde entonces,
los presagios
cual pájaros volaron,
si en las
rocas
no anidan ya palomas
-siguen mudos
también los campanarios-
solamente han
quedado los recuerdos
y el perfil de
una niebla... muy lejano.
Llegábamos
aquí cuando los días
inician su
andadura de la mano
del verdor del
paisaje, desde julio
a un
septiembre otoñal y anaranjado,
cuando el
verde del bosque palidece
cubierto de
nostalgia o de cansancio.
Y aquí en
medio, señera, la figura
señorial e
imponente del Prelado
desplegando
sus amplias vestiduras
de la plaza
abacial al Repelao.
Y el caminar
al par, muy de puntillas,
de
Olaizola,
perdón, de don Ignacio
con su frente
espaciosa y su mirada
detrás de
unos cristales enigmáticos.
¿No escucháis
aún la Salve a la Santina,
en la noche
callada y el descanso?
Aquel coro de
voces juveniles
llenaban de
melismas el milagro
del incienso
trepando hacia la altura...
y huía cada
nota valle abajo
al
sordo fabordón de la cascada,
su música en
las aguas dibujando.
Después cada
domingo y cada fiesta,
vestidos de
roquete y arreglados
-“os quiero
curas finos, ropa limpia,
la sotana
impecable, los zapatos...”-
asistir a una
misa solemnísima,
la basílica
de fieles rebosando,
-las torres en
la niebla habían tejido
con los rayos
del alba un blanco palio-,
y escuchar un
sermón de campanillas
y el órgano,
y el coro de escolanos
entonando
el "Salvadme y salva a España"
que
en herencia dejó don Emiliano,
motetes de
Irruarízaga y Guerrero
y misas de
Perosi..., el Padre Otaño
y aquel coro
sin par que de la Roza
llevaba de
escenario en escenario
y fue germen
después de directores
al frente de
otros coros asturianos.
Algún día el
fragor de la tormenta
con su caja de
truenos y relámpagos
recordaba de
nuevo la batalla
de Pelayo
contra el poder islámico.
Y las tardes
de lluvia sin paseo,
ensayando,
leyendo, conversando,
y la niebla...
ese pan de cada día,
y la noche
estrellada, y el orbayo
y a lo lejos
como telón de fondo
el monótono
sonar de algún piano...
y siempre la
presencia del Obispo
tan lejos y
tan siempre a nuestro lado.
Ya en
Oviedo... lo vimos tantas veces,
dejando los
asuntos de palacio,
y obviando
compromisos y amistades,
subir al Prao
Picón a visitarnos
que familiar
nos era su presencia
a pesar de lo
austero de su trato.
Él formó allí
una hermosa biblioteca,
llenó de
ricos fondos sus armarios.
Llegaban desde
Roma algunos libros
donde jóvenes
curas literatos
publicaban
poemas, entre ellos
Montero,
García Amor, Martín Descalzo...
Se aprendía a
escribir de otra manera,
y un estilo en
rimar no acostumbrado.
¿Por qué no
recordar aquellos tiempos
a pesar de
sufrir en ellos tanto?
¿Y por qué
no evocar a aquel Obispo,
arzobispo
desde el cincuenta y cuatro,
-bodas de oro
son ya,
y
de la diócesis,
elevada a
aquel año a Arzobispado-?
Desde
aquel “Et cum nobis” Pío
XII
quiso unirnos
a su pontificado.
Hoy descansa a
los pies de la Santina,
no sé
yo si por muchos visitado,
en un rincón
de nuestra Iglesia Madre
tras el ara
estelar de un epitafio.
Y
también allí yace el protomártir
hoy
santo, Fray Melchor, nuestro paisano.
Si el reloj
implacable del olvido
ha cubierto de
arena el catafalco
dorará el
tiempo al menos su memoria
en las hojas
de nuestro calendario.
Sé que amó a
Covadonga tiernamente,
elevándola un
día a Patronato,
que llenó de
liturgia nuestras vidas
y llevó a
gran altura el Seminario.
Por eso quiero
yo con estos ripios,
olvidar sus
defectos y sus fallos
-un derecho a
sufrirlos que tenemos
por el hecho
de haber nacido humanos-
y expresar
gratitud a su memoria,
a su amor, a
su celo, a su trabajo
que silenció
la incuria.... Y si de oro
se le llama a
cualquier cincuentenario,
de oro y de
nostalgia llamaremos
a este día en
que aquí nos congregamos.
Que sirvan
estos actos de homenaje
de eterna
gratitud. Y que entre tanto,
fundido con el
verde de estos valles
resuene desde
Orandi hasta Los Lagos,
del Auseva a
las cumbres más lejanas,
del torrente a
la Cruz de Don Pelayo
al menos
nuestra voz agradecida
y el eco y el
fervor de nuestro aplauso.
José Manuel Feito
Covadonga, 1 de mayo de 2004.
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